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lunes, agosto 15, 2022

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Cursos de conducción: formación para la reducción de la siniestralidad y la mejora de la eficiencia en la flota

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La del coronavirus no es la única pandemia en la que está sumida la sociedad en estos momentos. Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), los accidentes de tráfico son también una epidemia mundial difícil de controlar, un verdadero problema de salud pública que en base a recientes estudios se lleva cada año por delante la vida de 1,2 millones de personas y deja traumatismos no mortales a entre 20 y 50 millones.

Por lo que respecta a nuestro país, este pasado 2021 el asfalto se ha cobrado 1.004 vidas, según datos provisionales de la DGT en vías interurbanas y a 24 horas. Y más allá de la tragedia humana, hay que considerar también el elevado impacto económico que tiene la siniestralidad vial: sus costes directos ascenderían a unos 11.000 millones de euros anuales, más del 1% del PIB español, según datos de la OCDE.

Esos cuantiosos gastos se reparten entre diferentes conceptos, desde hospitalizaciones hasta daños materiales, pasando por indemnizaciones y, por supuesto, bajas laborales, entre otros. Ciertamente, esta plaga que afecta a la sociedad en su conjunto no es ajena al ámbito de la empresa, que lo sufre como uno de sus grandes quebraderos de cabeza en la prevención de riesgos laborales. Según el Observatorio de la siniestralidad vial laboral correspondiente al ejercicio 2020, elaborado por Asepeyo, la DGT y la Fundación CNAE (Confederación Nacional de Autoescuelas), los accidentes de tráfico representan el 12% del total de los accidentes laborales en España. El año pasado, según este informe, se produjeron 8.362 accidentes laborales de tráfico con baja, en su mayoría, 5.595, en los desplazamientos in itinere, frente a los 2.767 dentro de la jornada de trabajo.

Los cursos de conducción comienzan siempre por una parte teórica. Para los alumnos de empresa se incide más en ciertas cuestiones como los descansos recomendados, el consumo de alcohol y drogas y, muy importante, las distracciones por un uso excesivo e inadecuado del móvil e incluso el portátil

Tengamos en cuenta que hablamos de un año de Covid-19 con severas restricciones a la movilidad por el estado de alarma y los confinamientos perimetrales, en el que los desplazamientos por carretera descendieron un 25%, 106 millones menos que en 2019. Así, para tener una visión más realista del alcance de esta problemática debemos remitirnos a dicho ejercicio. El Observatorio eleva entonces al 13% el peso de los accidentes de tráfico sobre el total de los accidentes laborales y hasta 12.709 el número de siniestros de circulación con baja. El balance más dramático son las 93 víctimas mortales, lo que significa que uno de cada tres accidentes mortales laborales son de tráfico. A ello hay que añadir los días que no puede contar la empresa con los trabajadores de baja, una media de 33,8 en los accidentes en jornada y 38,6 in itinere, una semana más que la del resto de accidentes laborales.

La formación, el mejor remedio

Los datos son los suficientemente elocuentes como para que las corporaciones hayan tenido que tomar cartas en el asunto desde sus departamentos de recursos humanos o prevención de riesgos laborales. Es importante que los empleados que hacen uso de un coche de empresa puedan disponer de modelos con los últimos avances en seguridad y con un mantenimiento óptimo, pero si tenemos en cuenta que el 90% de los accidentes es achacable al factor humano, la formación se presenta como un aspecto vital para la prevención. Y no solo para los que desempeñan su labor como conductores, sino para todos aquellos que pasan horas al volante en su jornada laboral o simplemente se desplazan en coche hasta su trabajo.

Los formadores de las escuelas de conducción coinciden en señalar que durante los últimos años se viene apreciando un incremento del interés por estos cursos para los trabajadores. «Cada vez son más las empresas que toman conciencia del impacto social y económico que suponen los accidentes de tráfico de sus trabajadores en sus desplazamientos y ven que es una línea que pueden mejorar, aunque aún queda camino por recorrer», asegura Alberto Caamaño, responsable de Formación de Conductores del RACC. Añade que «hay planes de formación en las empresas que ya tienen líneas específicas dirigidas a reducir la siniestralidad, sobre todo de los empleados que forman parte de sus flotas comerciales». De hecho, son mayoría en este tipo de cursos: de los aproximadamente 10.000 alumnos que pasaron por las pistas del RACC en 2019, el 85% llegaron a través de un programa de formación de su compañía, apunta Caamaño.

Además de adquirir una serie de habilidades al volante, el objetivo de estos cursos es que los conductores se conciencien de sus limitaciones al volante

El objetivo de estos cursos, advierte Javier Cabanas, director del Área de Conducción de Ilunion Seguridad, es que «aparte de que adquieran una serie de habilidades al volante, los alumnos se conciencien también de sus limitaciones y de los riesgos que existen durante la conducción, tratando de que experimenten de primera mano todas esas sensaciones. Se trata –prosigue– de evitar situaciones de riesgo en la conducción, pero si se dan, poder salir airosos de ellas o con el menor daño posible». En este sentido, Maribel Muñoz, directora de la Escuela de Conducción CEA (Comisariado Europeo del Automóvil), remarca una cuestión más a tratar en la formación, el desconocimiento de los sistemas de seguridad: «Los comerciales de las empresas utilizan coches de renting de última generación con una completa dotación de ADAS y muchos no saben cómo manejar estas tecnologías».

Normalmente, se abre la jornada con una parte teórica en aula, si bien el grueso de la actividad es práctica. Dentro de la formación teórica, Muñoz apunta que para los alumnos de empresa se incide más en ciertas cuestiones como los descansos recomendados, el consumo de alcohol y drogas y, muy importante, las distracciones por un uso excesivo e inadecuado del móvil e incluso el portátil. «Muchos de los accidentes de empresa se producen por el uso del automóvil como oficina», sentencia. Antes de arrancar el motor y lanzarse a las pistas de pruebas hay que empezar por corregir hábitos incorrectos relacionados con una serie de aspectos básicos como pueden ser la postura de conducción, la utilización del cinturón de seguridad, de los reposacabezas, etc. «El conocimiento, la técnica y la experiencia son los ingredientes con los que haces un buen conductor, y hay muchos malos hábitos y “desconocimientos” que son muy comunes en la generalidad de los conductores, indistintamente de que sean profesionales o particulares», afirma Ernesto Nava, director de la Escuela RACE de Conducción.

Pruebas de eslalon, diversos ejercicios de frenada (en recta y curva, de emergencia, con y sin esquiva y sobre superficies con distintos niveles de adherencia, seco, mojado, nieve…), trazado de curvas, control del vehículo ante un deslizamiento por subviraje y sobreviraje, y en algún caso hasta la simulación de impactos y vuelco, vendrían a ser las prácticas que conformarían el esqueleto de un curso de conducción segura, que ramifica su oferta con variantes específicas según los tipos de vehículos empleados: turismos, todoterrenos, comerciales, pesados y hasta motos en respuesta a la proliferación de repartidores y empresas de delivery. Asimismo, habría que sumar las formaciones online, que han ganado peso con la Covid, y otra categoría de curso de más reciente creación, la de conducción eficiente, destinada a aplicar una serie de técnicas con las que se consiga reducir el consumo de carburante y, en consecuencia, las emisiones contaminantes, además de contribuir con ello a un mejor mantenimiento del vehículo.

Cursos a medida

En estos momentos no hay ninguna normativa específica que regule la realización de estos cursos de conducción, si bien la DGT ya tiene un grupo de trabajo tratando las cuestiones relativas a una futura regulación. Lo habitual es que la oferta formativa se estructure en distintos niveles según las habilidades de los alumnos, aunque con las empresas todo es más abierto. Habitualmente se va más allá de los cursos estándar o cerrados como los que se imparten a nivel particular para acordar un programa a la carta adaptado a sus necesidades, características de su actividad y al tipo de accidentalidad vial detectado en la empresa. Según el centro, se fija entre 10 y 15 el número óptimo de alumnos por curso. «Con un grupo muy numeroso se diluye la atención y no podemos llegar a todos con la misma intensidad, además de que se practica menos», explica Nava. La duración también es variable, desde unas horas hasta varios días, aunque el ideal o el estándar que más se explota en este ámbito corporativo es el curso de ocho horas.

El número óptimo de alumnos por curso quedaría establecido entre 10 y 15. Las empresas deben tener en cuenta que se trata de una actividad bonificable a través de los créditos de formación de FUNDAE.

Las entidades de formación se adaptan igualmente a la localización de la empresa y sus trabajadores para impartir los cursos. Si no puede ser en sus centros propios, tienen acuerdos con socios colaboradores para llevarlos a cabo en circuitos u otras instalaciones repartidos por toda la geografía nacional; e incluso podría ser en instalaciones propias de la empresa que contrata siempre y cuando reúnan, a criterio de los profesionales, las condiciones oportunas de seguridad.

Al tratarse de una formación diseñada, como decimos, casi a medida, en muchos casos no se pueden estipular unos precios fijos. Dependiendo del tipo de formación, del número de cursos contratados, del volumen de alumnos o de su duración, entre otras variables, Caamaño abre un abanico de entre 18 y 260 euros por trabajador en el RACC; Nava remite como referencia a los 170-195 euros que cuesta un curso de cinco horas para un particular en el RACE; Muñoz, por su parte, concreta más, entre 180 y 210 euros por los cursos impartidos por CEA. No obstante, cabe recordar que se trata de una actividad bonificable a través de los créditos de formación de FUNDAE (Fundación Estatal para la Formación en el Empleo), siempre y cuando el centro esté inscrito en el Registro Estatal de Entidades de Formación, pudiendo llegar a cubrir hasta el 100% del coste de los cursos.

De cualquier modo, los beneficios obtenidos superan con creces el coste económico que pueda asumir la empresa por su realización. A falta de estudios globales que pongan cifras a la reducción de la siniestralidad tras el paso de una plantilla por estos cursos, el responsable de formación del RACC asevera que por la experiencia con sus clientes se podría hablar de un 19%, porcentaje que desde CEA elevan en algunas compañías hasta un 30% e incluso un 40%. Sin entrar en estadísticas, Javier Cabanas sí que resalta que «los niveles de satisfacción con los cursos mostrados por los trabajadores son muy elevados ya que ven que tienen una aplicación directa en su día a día, tanto en el puesto de trabajo como en su vida privada».

En la misma línea, Ernesto Nava manifiesta que «hacer un curso no es la panacea, no se puede asegurar que no se vaya a tener ningún accidente, pero está claro que si el alumno se queda con algunos de los puntos tratados en el curso, seguro que va a conducir mejor, más seguro y eso va a traer unos resultados». Y en cuanto al ahorro en combustible, los expertos en formación estipulan una mejora mínima del 5%-8% sin realizar grandes esfuerzos, pudiendo llegar hasta un 20%.

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